Continuando con el post anterior, habíamos visto que la Evaluación como herramienta en la formación educativa, posee variadas concepciones, pero que era fácilmente confundida con el de la Medición. Respecto a ello, terminamos por asumir su estado concreto y por tanto su papel dentro de las evaluaciones pedagógicas, en las que otorgaban información acerca del rendimiento del sujeto evaluado, mas no de los programas escolares o del desarrollo del currículum, no se planteaba la posibilidad de que éste no fuera el correcto o que tuviere errores… hasta la llegada de la perspectiva dinámica.

Sin embargo, dicho ésto, la Evaluación empieza a tener una perspectiva dinámica. En 1932, el profesor R.W. Tyler, a cargo de una investigación, insistió que el currículum necesitaba organizarse en torno a unos objetivos, los cuales debían de guiar al profesor y servirían como criterios para seleccionar materiales, concretar contenidos, desarrollar procedimientos instruccionales y preparar los exámenes. Como base para un estudio sistemático del programa, había nacido ya la Evaluación propiamente dicha.

Es así que con ello, la Evaluación empieza a tener un papel casi neurálgico en la elaboración de los programas, ya que para Tyler, ésta debía de tener como objetivos además determinar el cambio ocurrido no sólo en el estudiante, sino también en los padres y profesores. Servía para informar además sobre la eficacia del programa educativo y para el perfeccionamiento continuo del docente.

LA EVALUACIÓN Y SU FINALIDAD

Ya centrada la concepción de la Evaluación, podemos desprender de lo señalado hasta el momento que el verdadero valor intrínseco de ella es la que va ligada a la construcción de un tipo de específico de conocimiento: el axiológico. Lo que implicará la creación de una cultura evaluativa donde ubicar este tipo de conocimiento, por lo que la Evaluación legitima el valor de ciertos aprendizajes frente a otros y les otorga un reconocimiento social y educativo.

Con lo desarrollado hasta el momento, podemos ya hacernos una idea de las funciones que cumple la Evaluación; sin embargo, debemos de tener presente que para determinarlas de una mejor manera debemos hacer una distinción entre los dos ámbitos de la Evaluación, la formativa y la sumativa. Mientras que la primera de ellas centra su función en los procesos de mejora desde su inicio; es decir, es aquella evaluación que utiliza el constante estudio de sus herramientas para optimizar y obtener de la mejor forma los resultados posteriormente obtenidos; la sumativa, en cambio, se enfatiza en éstos últimos, persiguiendo además su control como finalidad, basada centralmente en las cifras obtenidas.

Incluso, además algunos autores afirman la existencia de una tercera función evaluativa: la diagnóstica. Cuya finalidad se basa principalmente en examinar los aspectos previos que permiten tomar decisiones antes del inicio del proceso educativo, sin embargo muchos consideran que ésta forma parte de las funciones de la Evaluación formativa, reduciéndose nuevamente a las dos funciones anteriormente dichas.

CONCLUSIONES

Con lo que ya habíamos tratado de señalar al comenzar el presente trabajo, haciendo referencia a los resultados de la evaluación obtenidos por el informe de PISA, ahora podemos afirmar ciertamente que la concepción de la Evaluación es entendida desde sus diversos aspectos en un único concepto; pero cuya finalidad (sumativa, formativa o diagnóstica) siempre podrá ser diversa, dependerá del momento o de la necesidad y de nuestra capacidad para poder utilizarlas complementariamente.

En ese sentido, cada momento y situación, atendiendo a las diversas modalidades y finalidades de la Evaluación, podremos actuar con ellos mediante:

a) Una evaluación inicial que nos permita detectar los conocimientos previos de los alumnos, sus posibles alteraciones o disfunciones, así como su disposición, interés y motivación respecto de la asignatura en general y respecto a los contenidos de la misma;

b) Una evaluación formativa que, realizada a lo largo del proceso educativo, nos informará de la necesidad o no de realizar ajustes en la programación con respectos al grupo entero o con respecto a los alumnos individualmente; se facilitará además los mecanismos para que el alumno realice una autoevaluación formativa integrada en su proceso de aprendizaje;

c) Una evaluación final, la cual determine hasta qué punto se han conseguido las intenciones educativas que se habían propuesto y valora los resultados del aprendizaje para comprobar si alcanza el grado de desarrollo deseado, que además facilite a los profesores información sobre su actuación educativa y permite tomar decisiones al respecto; que implique al alumno el proceso de autoevaluación y por último la orientación personal educativa, académica y profesional, en la medida de lo posible.

Como sabemos, hoy en día, nosotros, los estudiantes universitarios, estamos sumergidos en una serie de Evaluaciones, ya sea por un régimen académico cotidiano, o por un también sistema evaluativo que genera cambios en el sistema de enseñanza de España y del resto de países.

Una prueba de ello, es que estas evaluaciones han permitido que grandes cambios y avances formativos sean desarrollados, tal como los que incorpora el Plan Bolonia, creado hace más de 10 años en la Unión Europea, como es el de la reforma de la universidad, en el que se pretende homologar los estudios universitarios a nivel de Europa. Puede ser además, una verdadera transformación de la universidad, pues su objetivo es situar al estudiante en el centro de todo el proceso formativo. Incluso, potencia la movilidad de estudiantes y garantiza la calidad de los estudios universitarios en todos los países miembros del Espacio Europeo de Educación Superior.

Como vemos, la Evaluación pasa de ser una herramienta clave en el desarrollo de nuestros sistemas de enseñanzas; sino que además su correcta y constante implementación nos permite generar nuevos campos valorativos y fortalecer aquellos que no percibido la atención debida, convirtiéndose en una necesidad. Así es, necesitamos de la Evaluación, ya sea por nosotros mismos o por algún tipo de examen, para darnos cuenta de nuestros puntos fuertes y débiles, y así permitirnos seguir creciendo como personas y/o como nación.

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

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